Hay un patrón que se repite en miles de mexicanos que están intentando perder grasa y ganar músculo al mismo tiempo: comen mucha proteína, andan en déficit calórico, y para calmar la ansiedad por lo dulce —o simplemente para sustituir el refresco regular de toda la vida— se toman una, dos, a veces tres Coca Colas Zero al día. En YouTube hay decenas de influencers de fitness que defienden esto activamente: “es que no tiene calorías”, “es que no tiene azúcar”, “es perfecta para el déficit”. Y técnicamente no mienten. Pero tampoco están contando toda la historia.
Lo que vamos a hablar hoy no es un tema resuelto. No existe un estudio que haya analizado específicamente este patrón combinado —dieta alta en proteína + consumo frecuente de refrescos de cola sin azúcar + déficit calórico en personas con historial de obesidad— y sus efectos sobre la función renal. Esa es exactamente la razón por la que vale la pena hablarlo: porque la evidencia individual señala hacia algo que nadie parece tener prisa por confirmar formalmente.
Primero lo que sí sabemos: la proteína alta no destruye riñones sanos
Empecemos por aclarar algo que genera mucha confusión. Durante años, el consejo popular fue que comer demasiada proteína “trabaja de más” a los riñones y los daña con el tiempo. Hoy, la evidencia científica en personas sanas dice otra cosa.
Una revisión publicada en Nutrition & Metabolism (Poortmans y Dellalieux, 2000) encontró que “no existe evidencia significativa de un efecto dañino de la ingesta elevada de proteína sobre la función renal en personas sanas después de siglos de dieta occidental alta en proteína”. El mecanismo que se usaba para justificar ese miedo —la hiperfiltración glomerular— resulta ser en realidad una respuesta adaptativa normal del riñón, no una señal de daño.
Estudios más recientes confirman esto. Una revisión sistemática publicada en el Journal of Nutrition (Devries et al., 2018) analizó múltiples ensayos controlados aleatorios y estudios observacionales, y encontró que el aumento en la tasa de filtración glomerular (TFG) observado en personas con ingesta alta de proteína “podría interpretarse como un mecanismo de adaptación fisiológica inducido por la dieta alta en proteína, sin relevancia clínica” en adultos sanos.
Eso sí —y aquí está el matiz importante—, estudios como el de Jhee et al. y Esmeijer et al., citados en una editorial de Nephrology Dialysis Transplantation (Kalantar-Zadeh y Fouque, 2019), sugieren que “una dieta alta en proteína puede tener efectos deletéreos en la salud renal en la población general, especialmente en quienes tienen hiperfiltración preexistente o con otros factores de riesgo”. ¿Cuáles son esos factores de riesgo? Obesidad, historial de diabetes, hipertensión. El perfil exacto de muchas personas que hoy están en proceso de recomposición corporal en México.
Entonces, para el mexicano promedio que viene de obesidad y está haciendo su primer corte serio de grasa: la proteína alta probablemente está bien para su riñón, pero ya parte de una situación que no es exactamente la del adulto sano sin historial clínico.
El ácido fosfórico: Un enemigo casi descocido
Aquí entramos al territorio menos mencionado. La Coca Cola Zero —igual que la Coca Cola regular, la Diet Coke y prácticamente cualquier refresco de cola oscura— contiene ácido fosfórico, clasificado como aditivo alimentario E338. Es lo que le da ese toque ácido y ligeramente amargo que equilibra el dulzor. Y está ahí tanto en la versión con azúcar como en la sin azúcar.
El E338 no es un veneno. La FDA lo clasifica como “generalmente reconocido como seguro” (GRAS) y la EFSA europea tampoco fija un límite de ingesta diaria admisible estricto. Pero los estudios epidemiológicos cuentan otra historia cuando el consumo deja de ser ocasional.
Un estudio publicado en Epidemiology (Saldana et al., 2007), usando datos de 465 pacientes con enfermedad renal crónica de diagnóstico reciente y 467 controles, encontró que “tomar dos o más colas al día se asoció con un riesgo aumentado de enfermedad renal crónica (odds ratio ajustado = 2.3; IC 95% = 1.4–3.7). Los resultados fueron los mismos para colas regulares (2.1; 1.3–3.4) y colas endulzadas artificialmente (2.1; 0.7–2.5). Los refrescos carbonatados que no son de cola no se asociaron con enfermedad renal crónica”.
Ese último dato es clave: el riesgo es específico de las colas, no de los refrescos en general. Y aplica igual a las colas sin azúcar. La diferencia entre una Sprite y una Coca Zero, en términos renales, no es solo las calorías: es el ácido fosfórico, que la Sprite no tiene y la Coca Zero sí.
Un artículo publicado en Scientific Reports (Jakubowski et al., 2022) va más lejos y estudia el efecto del ácido fosfórico sobre la formación de cristales en la orina, concluyendo que “el consumo diario de este tipo de bebidas tiene un impacto real en el aumento del riesgo de desarrollar enfermedades renales crónicas”.
Y hay un detalle adicional que vale la pena mencionar: el fósforo de los aditivos alimentarios se absorbe casi en su totalidad. Según datos del portal KidneyPal (con base en literatura nefrológica), mientras que el fósforo natural de los alimentos se absorbe en un 40–60%, el fósforo de los aditivos como el E338 se absorbe en cerca del 90–100%. Es decir, el número en la etiqueta subestima el impacto real sobre la carga de fósforo en el organismo.
El riñón bajo carga ácida doble: Mi hipótesis
Aquí está la parte que más me importa que entiendas, porque es donde la evidencia individual converge en algo que tiene sentido fisiológico, aunque todavía no exista el estudio que lo confirme como patrón.
Las dietas altas en proteína aumentan la carga ácida renal. Eso está documentado. Un estudio clásico publicado en European Journal of Nutrition (Lemann et al., 1995) estudió a 37 fisicoculturistas con ingesta alta de proteína y encontró que su excreción neta de ácido renal era significativamente mayor que la de controles: “la ingesta de proteína demostró ser un factor independiente que modula la relación entre el pH urinario y la excreción de amonio renal. El aumento concomitante de la excreción neta de ácido renal y la capacidad máxima de excreción ácida durante períodos de alta ingesta de proteína parece ser una respuesta altamente efectiva del riñón a un tipo específico de alimentación”.
El riñón se adapta, sí. Pero esa adaptación requiere trabajo, y tiene un límite (desconcido por cierto).
Ahora, ¿qué pasa cuando además de esa carga ácida de la proteína, le sumamos el ácido fosfórico de una, dos o tres Coca Colas Zero al día?
Un ensayo publicado en Physiological Reports (Teunissen-Beekman et al., 2016) confirmó que “cuatro semanas de dieta con mayor contenido proteico (25% de la ingesta calórica) aumentó significativamente la carga ácida renal”. Ese es el punto de partida. Encima de eso, el E338 es —por definición— ácido fosfórico. Dos fuentes distintas de carga ácida que convergen en el mismo órgano de filtración.
El Nurses’ Health Study, uno de los estudios de cohorte más largos y robustos de la historia médica, documentó que las mujeres que consumían dos o más refrescos de dieta al día tuvieron “una reducción del 30% mayor en la función renal a lo largo de 20 años” comparado con quienes no los consumían. La tasa de filtración glomerular disminuyó a un ritmo tres veces mayor en las consumidoras habituales de refresco de dieta.
No hubo en ese estudio un grupo específico que además comiera 2.0–2.5 gramos de proteína por kilogramo de peso corporal al día. Porque ese grupo —el de la persona en recomposición seria— nadie lo ha estudiado de manera aislada. Y ahí es donde está el vacío.
El perfil del mexicano en déficit calórico: el contexto que importa
Esto no es solo una especulación teórica. Hay un contexto muy concreto en México que hace que este patrón sea particularmente común y potencialmente relevante.
Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT 2023), “el consumo de bebidas endulzadas es elevado y ha contribuido a que el 76.2% de la población mayor de 20 años presente sobrepeso u obesidad”. Un estudio de la Universidad de Tufts publicado en 2023 ubicó a México como el país con mayor consumo de bebidas azucaradas entre las 25 naciones más habitadas del mundo, con un promedio de 8.9 porciones a la semana. México consume en promedio 166 litros de refresco por persona al año, según datos de la Secretaría de Salud, un 40% más que Estados Unidos.
¿Por qué importa esto? Porque la persona que hoy decide ponerse a “comer en déficit” y subir su proteína muy frecuentemente viene de ese contexto: años de consumo habitual de refresco, posiblemente obesidad preexistente, y ahora descubre que el refresco sin azúcar “no tiene calorías” y lo empieza a usar para controlar el antojo de dulce que genera el mismo déficit calórico. Es un patrón lógico desde la perspectiva de alguien contando calorías. El problema es que nadie le está diciendo que la Coca Zero no es solo “Coca sin azúcar”: es Coca con ácido fosfórico, y eso es diferente.
La ironía es que el déficit calórico, bien hecho, es precisamente lo que más requiere elevar la proteína para preservar músculo. Y es también el estado donde el antojo de dulce es más intenso, y donde la Coca Cola Zero aparece como el sustituto “obvio” para quien viene de tomar refresco todos los días. El círculo se cierra solo.
Lo que esto no es, y lo que sí es
Para ser completamente transparente: esto es una conjetura construida sobre evidencias individuales sólidas, no una conclusión de un estudio diseñado para probar exactamente esta combinación. Ningún investigador ha reclutado todavía un grupo de personas en déficit calórico con alta ingesta proteica y consumo frecuente de refresco de cola sin azúcar para medir su función renal a largo plazo.
Lo que sí existe es:
- Evidencia de que la dieta alta en proteína aumenta la carga ácida renal en personas sanas.
- Evidencia de que el consumo de dos o más colas al día —incluyendo colas de dieta— se asocia con mayor riesgo de enfermedad renal crónica.
- Evidencia de que el fósforo de los aditivos alimentarios se absorbe casi en su totalidad.
- Evidencia de que personas con obesidad previa, que es el punto de partida de muchos en recomposición, ya presentan un perfil de mayor riesgo renal.
- Y la ausencia total de estudios que analicen el efecto combinado de estos factores en este contexto específico.
La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia. Que no se haya estudiado no significa que sea seguro. Significa que no lo sabemos.
Conclusión práctica: mientras tanto, reduce la cola
No estamoy diciendo que una Coca Cola Zero de vez en cuando vaya a destruir tus riñones. El consumo moderado y ocasional es una cosa muy distinta al patrón que estamos describiendo. Si te tomas una ocasionalmente, no te preocupes.
Pero si estás en un proceso serio de recomposición, comiendo 2 o más gramos de proteína por kilo de peso, y además te estás tomando una, dos incluso tres Coca Colas Zero al día como estrategia para controlar el antojo, vale la pena que lo reconsideres. No porque haya un estudio que pruebe que te va a pasar algo, sino porque las piezas individuales de la evidencia no invitan a la tranquilidad, y porque el agua mineral, el agua simple o el agua preparada con limón hacen el mismo trabajo sin sumarle ácido fosfórico a un riñón que ya está manejando una carga ácida mayor de lo habitual por la proteína.
Y ojo no se trata de reducir la proteina, esta es esencial para la recomposición, pero el refresco no lo es, zero o no, y vale la pena reducir su consumo, almenos hasta que sepas, con un estudio real, lo que realmente puede pasar.