A principios de 2026, Jonathan Cheung —un actor hongkonés radicado en California— publicó en Instagram un video con el título “Abuelo de 88 años arrasando en el gimnasio”. Lo que no anticipó es que ese “abuelo” iba a resultar ser Jorge Rivero: el galán del cine mexicano que en los años 70 compartió créditos con John Wayne, Charlton Heston y Glenn Ford. El clip se volvió viral en cuestión de horas.
En el video, Rivero trabaja pesas y aparatos con una naturalidad que deja sin palabras. Cuando Cheung le pregunta qué lo motiva a ir al gimnasio todos los días, el actor responde sin dudar: “Mi salud. Quiero mantener mi salud, no perderla.” Y añade, con la claridad que dan los años: “Con 88, no puedes ayudarlo, la muerte viene para acá. Entonces debes tratar de estar lo más saludable posible, estar bien en tu mente. Seguir adelante mientras puedas. Siempre mente sana y cuerpo sano.”
Después del entrenamiento, los dos fueron a la cafetería. Rivero pidió cinco claras de huevo. Sin nada más.
La imagen es poderosa, pero hay algo más importante que la anécdota viral: Jorge Rivero no es una anomalía genética ni un caso extraordinario. Es, más bien, la demostración viva de lo que la ciencia lleva años documentando y que en México —donde el sedentarismo afecta a más del 60% de la población adulta— nadie quiere escuchar. El ejercicio de fuerza no es para los jóvenes que quieren verse bien en el espejo. Es para todas las edades, y su importancia aumenta exactamente en la medida en que envejecemos.
Lo que el cuerpo pierde cuando dejamos de usarlo
Para entender por qué lo que hace Rivero importa tanto, hay que entender primero lo que ocurre cuando no lo hacemos.
A partir de los 30 años —sí, treinta— el cuerpo comienza a perder masa muscular de forma gradual. Este proceso tiene nombre: sarcopenia. No es una enfermedad rara ni un problema exclusivo de ancianos. Es la consecuencia natural de la combinación entre envejecimiento y sedentarismo, y sus efectos se acumulan silenciosamente durante décadas. La pérdida de masa muscular relativa comienza alrededor de los 30 años, mientras que la masa muscular absoluta empieza a descender entre los 40 y 50, acelerándose notablemente a partir de los 60.
Las consecuencias van mucho más allá de tener menos fuerza para cargar bolsas. La sarcopenia está directamente relacionada con mayor riesgo de caídas y fracturas, pérdida de independencia funcional, alteraciones metabólicas —incluyendo resistencia a la insulina—, fragilidad general y, en última instancia, mortalidad anticipada.
Lo que resulta esperanzador, y es lo que el caso Rivero ilustra de manera tan elocuente, es que esta pérdida no es inevitable ni irreversible. Un estudio publicado en 2025 con adultos mayores demostró que un programa de entrenamiento de resistencia progresiva de 12 semanas, combinado con orientación nutricional, redujo la prevalencia de sarcopenia en el grupo de intervención del 35.14% al 0%. No es un error de redacción: de más de un tercio de los participantes afectados, a ninguno, en tres meses.
El músculo como órgano de longevidad
Aquí está el cambio de perspectiva que necesitamos en México. Durante generaciones, el músculo se ha percibido como algo estético: los que van al gimnasio quieren verse bien, y los demás no tienen tiempo ni necesidad para eso. Esa narrativa está matando gente, literalmente.
El músculo esquelético es el órgano metabólicamente más activo del cuerpo. Regula la glucosa en sangre, participa en la respuesta inflamatoria, sostiene la estructura ósea y —dato que sorprende a muchos— funciona como órgano endocrino secretando mioquinas que tienen efectos protectores en el cerebro, el corazón y el sistema inmune. Mantenerlo no es vanidad. Es medicina preventiva.
Un consenso global publicado por CIBERISCIII —que reunió a 34 expertos de 26 instituciones internacionales— estableció que “no existe una receta única para todos” en materia de ejercicio para adultos mayores, pero fue contundente en señalar que los entrenamientos de fuerza muscular progresiva de alta intensidad “han demostrado ser prometedores en el mantenimiento de la salud cardiovascular y muscular en adultos mayores.” No como complemento opcional: como eje central de cualquier programa para envejecer bien.
La revisión sistemática publicada en Frontiers in Medicine a principios de 2026, que analizó ensayos clínicos en adultos mayores de 65 años, fue igualmente clara: el entrenamiento de resistencia mejora significativamente la aptitud funcional —la capacidad de realizar actividades cotidianas de manera segura e independiente—, que es precisamente lo que permite a una persona de 88 años seguir viviendo con autonomía.
¿Es seguro levantar pesas después de los 60, 70 u 80 años?
Esta es la pregunta que más escucha cualquier entrenador cuando trabaja con adultos mayores, y la respuesta que da la evidencia es: sí, siempre que el programa esté bien diseñado.
Un estudio español con adultos mayores de 90 años —sí, noventa— realizó un programa de entrenamiento de fuerza adaptado de 12 semanas al 40-60% de su repetición máxima. Los resultados incluyeron ganancias en fuerza, potencia y sección transversal muscular, además de mejoras en la funcionalidad y una reducción en la incidencia de caídas. El mismo músculo que se puede perder, se puede recuperar —o al menos preservar— incluso en edades que mucha gente consideraría “demasiado tarde”.
La clave no es la intensidad bruta, sino la progresividad y la consistencia. Jorge Rivero no llegó a los 88 años levantando pesas desde cero. Llegó porque nunca paró. Él mismo lo menciona en el video: su padre le inculcó el hábito. Décadas de constancia se acumulan de maneras que ningún programa de dos meses puede replicar. Pero eso no significa que comenzar tarde no valga la pena: todo lo contrario, cada año que se posterga es músculo que cuesta más recuperar.
El gimnasio es la mejor herramienta, pero no la única
Aquí hay que ser honestos con la gente. El gimnasio es, sí, el entorno más eficiente para el entrenamiento de fuerza. La progresión de cargas, la variedad de estímulos, la supervisión disponible: todo facilita el proceso. Pero no todo el mundo tiene acceso a uno, ni económico ni geográfico, y esa realidad es especialmente importante en México, donde las desigualdades en acceso a infraestructura deportiva son enormes.
Lo que la evidencia también muestra —y que hemos desarrollado en detalle en nuestro artículo sobre alimentación, actividad física y longevidad— es que una vida activa sostenida, combinada con una alimentación funcional, puede construir una base de salud sólida aunque nunca se pise un gimnasio. Caminar con frecuencia, usar escaleras, cargar peso en actividades cotidianas, hacer calistenia en casa: todo suma, todo cuenta. La inactividad total es el verdadero enemigo, no la ausencia de una membresía.
Dicho esto, si tienes acceso a un gimnasio y llevas meses posponiendo ir “cuando tenga tiempo” o “cuando baje un poco primero”, el caso Rivero es una respuesta directa a esa lógica. El mejor momento para empezar era hace veinte años. El segundo mejor es ahora.
La edad no es excusa: es el argumento
Hay una trampa mental muy común en la que caemos con el envejecimiento y el ejercicio. Pensamos que la razón para ir al gimnasio disminuye con los años —que los jóvenes lo necesitan más porque están “construyendo” su cuerpo, y que a los 50, 60 o 70 ya no hay mucho que hacer—. La fisiología dice exactamente lo contrario.
A los 25 años, el cuerpo tiene una enorme capacidad de recuperación y adaptación. El músculo se construye con relativa facilidad y los errores de entrenamiento se perdonan. A los 65, la masa muscular se pierde más rápido, la recuperación es más lenta y las consecuencias de la inactividad son más severas. Eso no significa que el ejercicio sea menos efectivo a mayor edad: significa que es más necesario.
Cada año que pasa sin entrenamiento de fuerza es un año en que el cuerpo pierde capacidad funcional que después costará mucho más recuperar. Cada año que sí se entrena es un año en que se frena ese proceso y se preserva autonomía, calidad de vida y, en términos medibles, años de vida funcional.
Jorge Rivero lo entiende con una claridad admirable. No va al gimnasio para verse bien en Instagram —lleva décadas sin necesitar eso—. Va, como él mismo dice, porque quiere “mantenerse andando lo más que pueda.” Esa frase, pronunciada por alguien de 88 años que todavía puede hacerlo, es la mejor prescripción médica que existe.
Por dónde empezar si llevas años sin entrenar
Si el artículo llegó hasta aquí y la conclusión es “tiene razón, debería moverme más”, la siguiente pregunta natural es cómo. Algunas orientaciones prácticas respaldadas por los mismos estudios que hemos citado:
Empieza con carga baja y frecuencia alta. Los protocolos que demostraron resultados en adultos mayores usaron intensidades de entre el 40 y el 70% de la carga máxima, tres veces por semana. No es necesario levantar mucho al principio; es necesario levantar con regularidad.
Prioriza movimientos funcionales. Sentadillas, levantamientos del suelo, jalones y remos. Estos patrones de movimiento reproducen lo que el cuerpo necesita para la vida cotidiana: levantarse de una silla, recoger algo del piso, cargar bolsas, subir escaleras.
Combina fuerza con proteína. La evidencia sobre sarcopenia es consistente: el entrenamiento de resistencia sin suficiente proteína en la dieta produce resultados menores. Un consumo adecuado de proteína —entre 1.2 y 1.6 gramos por kilogramo de peso corporal al día— potencia significativamente la respuesta muscular al ejercicio.
La constancia supera a la intensidad. Rivero no llegó a sus 88 años con un físico funcional por hacer ciclos de 8 semanas cada año. Llegó porque convirtió el movimiento en un hábito de vida. Un programa moderado que se sostenga durante años vale infinitamente más que un programa intenso que dura tres meses.
El galán que no se rindió
Hay algo particularmente poderoso en que este recordatorio venga de Jorge Rivero. No de un atleta profesional ni de un influencer de fitness. De un hombre que se hizo famoso por ser guapo, que actuó junto a los grandes del cine mundial, que se retiró del espectáculo hace décadas y que ahora, a sus 88 años, sigue yendo al gimnasio todos los días en Los Ángeles.
Cuando Jonathan Cheung publicó el video, los comentarios de los mexicanos fueron reveladores: “Cuando yo tenía 14 años, hoy tengo 64, yo veía a Jorge Rivero en la CDMX en la Avenida Universidad haciendo pesas en un gym. ¡Felicidades por destellar energía positiva!” Décadas después, sigue en lo mismo.
Eso es exactamente lo que queremos decir cuando hablamos de que el ejercicio de fuerza no tiene edad. No es un mensaje motivacional vacío. Es la descripción de un mecanismo biológico real: el músculo responde al estímulo. A los 30, a los 60, a los 88. Lo que cambia es la urgencia de mantenerlo.
El cuerpo no sabe cuántos años tienes. Sabe si lo usas o no.